Está en mi casa, Elías, a veces llego y ni siquiera lo saludo, como si fuera un extraño o no existiera. Él sonríe bondadoso. En otras oportunidades se pone muy serio y preocupado y me dice: "César..., César... comprendo que te hagas el desentendido porque YO, siendo un peregrino de amor refugiado en tu casa, en tu corazón, debo parecerte muy incómodo por las cosas descabelladas que haces. Te dará vergüenza seguramente no poder ocultar lo que crees que nadie puede ni debe saberlo. No robes, no mates, no traiciones.
Cuando, por momentos, me haya marchado de tu casa y de tu corazón, no es porque no me guste estar contigo, ni con tu familia, es que otros como ustedes me necesitan. Pero si te hago falta, basta que me llames, que pronuncies mi nombre y, presuroso, otra vez tocaré las puertas de tu casa y de tu corazón. Si estuvieras sordo o dormido, entraré como la primera vez, sin aviso previo, como un ladrón de amor y de misericordia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario