miércoles, 13 de mayo de 2020

Hora azul

Por: Jorge Rochabrunt (*)

César tenía el brazo levantado sobre su cabeza, con la rigidez propia de una estatua griega y en su mano, apretando con fuerza, un vaso cantinero lleno de cerveza salpicando espuma. Sus ojos siempre tristes de poeta enamorado, miraban a contraluz la cerveza aun burbujeante, en la mesa última de la viejísima cantina de Conde de Superunda. Miraba el cielo y las estrellas, quizás el pasado o su rostro angelical. Tres de la mañana. ¿Qué hago aquí? recuerdo que me preguntaba adormecido en el baño, por horas de cerveza y repentinas y furtivas tentaciones, Inevitables. Implacables. ¡Aprender mocoso! me decía Campos, con sus ojos pequeños y sus manos de gorrión, respondiendo sorprendentemente a mis cuestionamientos internos. Aprender. Entender. Vivir. Sufrir. Armando era una institución del periodismo policial, del periodismo de la calle, de la gente, entendido en el arte del delito, de la muerte, del dolor. Sabía quién era carne de presidio. Los olía. Los seguía. Y allí seguía con su brazo levantado, brindando con las musas de su febril mente, con una mirada añeja y perdida en el adiós de los años, atrapado en su propio túnel del tiempo, César, poeta, periodista, editor, amigo, loco, tauromáquico, fulminante, con papeles en los bolsillos de la camisa y siempre un lapicero en la oreja derecha, escribiendo versos en servilletas ¡Salud Rochabrunt, chibolo de mierda! y chocamos los vasos chispeantes de espuma, de felicidad, de periodismo corriendo en las venas, como el trago en esa madrugada. ¡Viva Piérola! decía siempre, mirando a la nada, llorando con la facilidad de un niño mimado. De felicidad, de dolor, de rencor, por lo que sea que haya decidido llorar esa noche. Ya pues bicéfalo, dale compadre; mientras, el rostro lívido de Ernesto, con su corte y camisas de policía de investigaciones de los sesenta, voz dura, dueño de la madrugada, un diente en su funda de oro, gran pendejo, unos viejos ray ban que usaba incluso de noche, gran periodista policial, reportero de luces y sombras, reía con su voz de gallo de pelea envuelto en su aura dura de blanco criollo aguardentoso. Salud señores. Lucho Montero decía eso cada vez que levantaba el vaso, con sus manos venosas y fuertes, que parecían demasiado grandes para su pequeño cuerpo, pequeño gigante, guayabera blanca con pespuntes gruesos y filigranas caribes, fieramente planchada, con su estuche de plástico donde colocaba varios lapiceros, siempre impecable, con su rostro marcado por algún viejo acné, su mirada pícara y sus ojos chinos, labios delgados y temblorosos, de labia poderosa, profunda, voz estentórea afinada en noches y noches de pisco y cerveza; sus gestos adustos de charapa ilustrado, loretano hijo pródigo de Sargento Lores, que alguna vez, adolescente ebrio, los amigos lo embarcaron en algún bus, borracho hasta sus medias, rumbo a Lima, para que siguiera a la amada perdida. Ese Lucho. Cómo sabía escribir ese zambo, su palabra preferida, su palabra universal y preferida para referirse amigablemente a todo ajeno en la mesa. Como salivaba con las carillas, con los párrafos, con la entrada, con los giros narrativos, salud carajo, risas, golpes en la mesa, recuerdos de la prensa de los años setenta, las comunidades industriales, los periódicos de linotipo y offset y siempre, siempre, los periodistas borrachos, inteligentes, sabios, pendejos, con ponchos en una Lima tomada por el velasquismo y la fiebre del Estado; si pues, se cruzaban esas miradas, Arturo, rostro duro, frente amplia y arrugada, poco pelo y panza chelera, incapaz de carcajearse, denso con las ideas y prístino con los párrafos, los titulares, la exactitud de la palabra, buenazo Arturo, chupaba sin aspavientos, no tenía muchos amigos pero era confiable, buen soldado, buen maestro; una leve tartamudez no era suficiente para ablandar el sable pérfido de su crítica. Cruz, seriedad, sobriedad, buena cabeza para chupar, tanto aprendí en la cantina. Óscar era distante. No le gustaba como jefe, chupar con principiantes. Pero la historia, sí, la historia era una de sus pasiones. Y eso sí sabía, ratón de biblioteca, unas buenas reyertas con Óscar sobre Valcárcel y su A través de la fuente escrita y los cronistas. la fuente escrita, la fuente de la verdad, ¿Verdad? ja. Bueno. Verdad. Alguna verdad. Los vasos se cruzaban, cuatro de la mañana, con menos conciencia y más saliva, con menos dolor y más coraje, periodistas amaneciendo en esa Lima noventera, Fujimori a cuestas. Liberalismo a cuestas. Cambios a cuestas. Máquinas de escribir reemplazadas por las recientes Macintosh en la redacción. Jóvenes y ropas diferentes. Música subterránea que ellos no comprenden aunque trataba de explicar, o cuando les contaba de Serú Girán o Peter Gabriel, eso no importaba, sí importaba que nos entendíamos en las letras, en los párrafos, en las entradas y cierres, papel que sale y disquete que entra ¿Y ahora qué mierda quieren estos? se quejaba desesperado Lucho, salud carajo, no hay problema Lucho, yo te ayudo. Salud, Salud. Cinco de la mañana. Nos botaron de la cantina. Lima amanecía de una noche de crudo invierno. Una llovizna ácida, triste, pertinaz, caía sobre nuestras cabezas borrachas. Caminantes como zombies prehistóricos buscando otra cantina, otra vida, otra historia para reemplazar el dolor, tener nuevos recuerdos para matar los viejos. De boleto, como dios manda. Lucho como siempre, al borde del colapso, tomaba su taxi. Abrazos, interjecciones indescifrables, chibolo de mierda. Abrazos. Arturo desaparecía con el sigilo de un tigre y Ernesto se perdía en la bruma del dolor. Armando, César y yo, caminando hacia la plaza de armas, buscando las bancas frías, no sé por qué. Nunca supe por qué ese era el camino, que debíamos seguir esa noche; pero hoy, casi treinta años después, con todos estos amigos, maestros, ya muertos, entendí, entendí bien: Con su brazo potente y lívido, casi de mármol, como habitante de un Olimpo propio en su mente atormentada, lleno de poesía y amor, de dolor y desesperanza, bicéfalo estaba casi rezando, recordando a su amada, su esposa fallecida, el amor de su vida, mirando esa negrura absoluta, manto nocturno apretando un palacio impío, una catedral siniestra, Armando lo abrazaba, ambos lloraban en silencio, compartiendo los recuerdos, momentos únicos que querían compartir conmigo. Mira Rochabrunt, ¡allá! ¡Arriba! y de pronto, el cielo negro dio pasé a ese nuevo ciclo de tiempo, apareciendo un nuevo día de mil novecientos noventa, con un azul intenso, hermoso, lleno de libertad, de esperanza en no sé qué pero en verdad era indescriptible. Qué es esto César le pregunté, abrazándolo también. Tratando de unirme a ese abrazo de mis hermanos, periodistas viejos, guías en la oscuridad de los días salvajes. Eso es la hora azul, Rochabrunt. Los ángeles, las musas, los dioses, todos vienen Rochabrunt, y me la traen de nuevo, mira Rochabrunt. Y miré y miré ese cielo azul, esa esperanza que se abre tras la negrura indiferente y tenebrosa de nuestras vidas, allí abrazado con estos hermanos que se han ido para siempre, Lucho, Armando, Arturo, César, Ernesto. Mis hermanos, que son el único vínculo real, de mi lejana y ya perdida vida como periodista de diarios de Lima de los noventa. Hoy todavía, añoro encontrar la hora azul de César, en plazas lejanas, en calles ocultas, recuperar el momento mágico, que me parece tan pero tan lejano. Sus ojos de amigo bueno llorando a su dulcinea, recoger quizás sus lágrimas convertidas en versos, aquellos que escribíamos a dúo en servilletas de La Valentina para recibir sendas cervezas de regalo, lágrimas cayendo en papeles como en la vida, escribiendo poemas en las calles calcinadas de su hora azul, en una Lima y una etapa ya muerta, perdida en las brumas de los recuerdos (13.04.2019)

* Subgerente nacional de coordinación interinstitucional de la Contraloría General de la República.

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